jueves, 21 de septiembre de 2017

DULCÍSIMO CAMOTE


En el cine de mi barrio, porque hace más o menos unas cuantas décadas (S XX aTL), antes de Tata Lindo, había “cines” en los barrios; pues allí se estaba proyectando la película “El Trueno Sobre las Hojas” con la bomba rubia de ese entonces (sin tinte, ni bisturí; menos silicona o bótox) Isabel Sarli y Armando Bo. Una producción che, exclusiva para adultos; porque en muchas de sus candentes escenas, la sensualísima Chabuca mostraba un traje de baño que le llegaba hasta las rodillas; pero, como hasta hoy, lo más atrayente de un cuerpo femenino (por demás exuberante para todo su público masculino) resulta ser aquello que brinda nuestra imaginación. Sin embargo, la curia o la decuria mojigata de siempre, la calificó como prohibida, después de haberla analizado en sus partes más morbosas (con pecado mortal incluido) en tres horarios al día, por todo un mes en el mismísimo obispado y contando solo con la asistencia obligatoria de las autoridades eclesiales, premunidos de 50 rosarios y 100 litros de agua bendita.
Por esos felices y añorados tiempos me hallaba; digo, estaba perdido hasta las caiguas tratando de aprobar el último grado de primaria. Mientras tanto en los altos de mi vivienda (que para mí era el cielo), aparecía todas las mañanas, un ángel llamado Panchita que estaba más buena que un pan de tres cachetes y a pesar de estar cursando el tercero de secundaria, mostraba un desarrollo precoz: presentando a todo el barrio un perfecto juego de té, de café, de churrasco y de postre; haciendo juego con angelical rostro coronado por un par de ojazos verdes que, cada vez que clavaba su mirada se iba directa al corazón y ya me veía morir entre sus brazos.
-Hola, Panchitaaa… ¡Qué linda eres! ¿Vas al colegio? ¡Te acompaño!
-Hola, Coco; por supuesto. Me encanta que me acompañes cada día.
Casi se me cae el bolsón y la baba. Respiré muy hondo y le dije: -¿Quieres ir al cine el domingo?
-¡Claris! Pero es una película para adultos y… no tengo problemas; digo que voy donde Mary…
- ¡Sí, ya sé! Pero no te preocupes… ¡sepárame un sitio en la platea… que yo lo arreglo!
Cogí el saco de mi hermano mayor, el sombrero de mi padre y una chalina. Me hice comprar una entrada para la galería con un amigo. Él entregó los dos tickets y, embozado con la cabeza baja, ingresé violentamente, volando como un rayo sobre las empinadas escaleras que daban acceso a la Cazuela o Galería. Esta zona –en su interior- solo estaba protegida por un muro de 1m sostenido sobre delgadas columnas de madera que descansaban en la misma platea.
Esperé a que se apagaran las luces y se me prendió el foquito. A mi amigo le pedí que me ayudase a descolgar hasta poder abrazar una de las columnas, pero no contaba con que dicho poste tenía un clavo a medio camino. Apenas sentí su presencia atravesándome el fundillo, salté al vacío jugándome la vida. No podía perderme la cita de mi vida; pero tampoco se perdió el ruido infernal que hice al derrumbarme en toda la sala, al punto que se encendieron las luces y tuve que esconderme rápidamente entre las viejas cortinas del primer piso. Se volvió a apagar la luz, pero ya creía haberla divisado perfectamente. Agazapado y en puntillas corrí y me senté a su lado. Musité muy suavemente a su oído:
-Hooola, Panchita. Sabesss… Tú eres el amor de mi vida…
Tomé una de sus manos calculando donde las había colocado en la oscuridad y luego, le di un beso en la mejilla y como respuesta inmediata, recibí un feroz carterazo que reventó el silencio en el expectante ambiente y todos los asistentes gritaron: ¡ooooooooh! Ni por un segundo esperé que se prendieran nuevamente las luces. El instinto me llevó a 100km por hora a la maldita columna ¿y los clavos?
Tampoco podía salir por la única puerta de acceso porque el cuidante era amigo de la casa. Mas, en un lúcido instante, recién reparé que lo que me venía en casa era peor. Había tanteado hasta por tres veces los asientos tratando en encontrar el único saco de mi hermano, el Borsalino y la fina chalina de mi viejo. Sin embargo, una duda golpeaba insistentemente mi mente...
¿Y si la hubiera besado en la boca?